VERGA, LA PALABROTA DE MODA

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Tengo la edad suficiente para haber asistido a cambios interesantes en el idioma. El lenguaje es un organismo vivo que se modifica constantemente. Recibe préstamos de aquí y allá y, dependiendo del nivel de aceptación de las palabras, estas se quedan o no y luego son adoptadas por los organismos que las oficializan, como es la Real Academia Española.

Esos hallazgos tienen todo tipo de fuentes. Pueden ser personajes de programas televisivos. Y entonces, en México, crecimos diciendo: se lanzó como el Borras; te lo catafixio; ¡pregúuuuntameeee! En ocasiones son palabras que llegan del “barrio”, como: pasarse de lanza; serena, morena. Aterrizan desde diferentes Estados de la República, como han llegado del Norte: morra; está con madre; ¿te da culo? Son la propuesta del lenguaje inclusivo, en esta época de corrección política, de terminar las palabras que denotan género con e en vez de con a u o. O las molestas muletillas con las que la gente parece obsesionarse y que oye uno a cada momento y en todas partes, como: cualquier cantidad de; la palabra agarrar, que de pronto precedía los verbos en una extrañísimo perifrástico: agarró y dijo: agarró e hizo. El: no está padre. Y lo que he oído recientemente y lo clasificaría en usos incorrectos del lenguaje, o calcos del inglés, como el prometo, que tiene que ver con algo que vendrá en el futuro, como sustituto del juro, algo que ya sucedió, O el demasiado para denotar que lo que se nombra es abundante. Te amo demasiado, cuando lo que en realidad se está haciendo es tachar al amor de excesivo, con un matiz negativo. Lo que he oído recientemente es el pero -conjunción adversativa-, utilizado como conjunción copulativa, o sea en vez de una y: pero canta, pero baila, pero compone, pero escribe…

Sin embargo, lo que no me imaginé es que asistiría a la popularización de una palabra que uno oía de vez en cuando, de manera soterrada y nos resultaba molesto a los cincuentones y sesentones de hoy: verga. 

Yo disfruto decir palabrotas, porque en esencia son una reacción emocional a algo y nos sirven para liberar sentimientos. Se asegura que usarlas aumentan la capacidad del cuerpo de soportar el dolor. Entonces no solo utilizo sino disfruto los pinche, carajo, chingada, etc. Y aún así prohibí a mis hijos cuando eran menores de edad, el empleo del verga. Me incomodaba mucho. Pero de pronto el uso ha prosperado, sobre todo en el terreno de la libertad por excelencia que es actualmente el podcast. Allí los anfitriones se jactan una y otra vez de que en sus programas se puede decir y hacer lo que se quiera, en contraste con la censura que imponía la televisión, cuyo objetivo eran las familias. El internet es diferente. Tiene un uso predominantemente individual. Cada quien se hace responsable del contenido que consume. 

Entonces uno oye cada vez más, y con mayor desenfado esa palabra, incluso en niños. Y yo no logro acostumbrarme. Me sigue pareciendo igual de incómoda. Aún no sé por qué. Puedo oír el concha de tu madre y no me inmuto, o ahora que vivo en España, el gilipollas, y tampoco me mueve un pelo. 

Su uso en realidad no añade nada al de las variaciones del verbo chingar. Viene a ser lo mismo pero más moderno, más provocador, más cool. 

Y oye uno:
Me vale verga.
Se fue a la verga.
Estuvo de la verga.
Estuvo bien verga.
Él es bien verga.
Me fue de la verga.
Quítate a la verga.
Se pasa de verga.

La obsesión no es aún tan grave como con la palabra wey, que cuando anda uno en el extranjero, es por la que uno puede reconocer al instante a otro mexicano, pero casi. Es el uso lo que en realidad oficializa la palabra como parte del léxico. Veremos qué sucede en este caso. Mientras tanto, debo confesar que no, simplemente no puedo decirla.